Dejo de subir esta espiral que siento que no me conduce a ninguna parte. Abandono toda lógica, acallo mi parte de minotauro que ama el laberinto porque se siente seguro en su destierro. Me asomo a la única ventana que ilumina la angosta estancia y, sin pensarlo dos veces, salto. Salto con toda la fuerza de la desesperación y la locura que llevo dentro, que no es poca.
Espero que nada más que un golpe sordo para mí detenga esta caída y me desintegre en polvo espacial, y me descubro extraño y desnudo en las aguas de un río que, gélido, me devuelve acompañado de un sonido estruendoso la sensación de estar vivo. Ahora me doy cuenta de que hacía muchos años que no la sentía tan fuerte, desde que me convencí, ayudado por los grises rumores de la multitud, de la necesidad de iniciar mi ascenso.
Tardo en recuperarme del golpe del que despierto aturdido entre la incredulidad de haber sobrevivido y la extraña sensación de comprobar por mí mismo que fuera había un mundo esperándome que desconocía, había mucha gente que antes que yo saltaron al vacío. Lo más extraño de todo lo que ocurrió tras el salto no fue el fin, sino el comienzo, el renacer…
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