
Llevo 30 años construyendo un muro que me separa del resto. Empecé a hacerlo sin apenas darme cuenta: las primeras piedras seguramente fueron fruto del niño inconsciente que se sentía diferente, porque no sabía jugar al fútbol. Las siguientes fueron gracias al sistema educativo que viví en el colegio, en el que me obligaban a cantar el himno de España cada mañana, como recuerdo de un dictador desaparecido, y que no se dio cuenta que el niño zurdo no tenía por qué escribir con la mano derecha (aunque esa querencia a la parte siniestra de la vida se convirtió más tarde en una constante), y que por hablar poco y dibujar mucho me terminó convirtiendo en un perfecto repetidor.
Muchas piedras las pusieron las personas que tenía a mi alrededor, seguramente los adultos que empezaron a observar la diferencia. Los estigmas sociales se cargan desde pequeños; son pobres, una piedra, son medio extranjeros, otra. Aún recuerdo a un profesor de guitarra que me preguntó cómo podíamos vivir tantos en una caja de cerillas. Y yo no supe qué responderle, muerto de vergüenza y cargado de piedras.
Después vinieron las relaciones con el resto de la materia adolescente de la época y, claro, no teníamos ropa de marca (por decir algo, apenas teníamos ropa), nos comprábamos las zapatillas en Los Guerrilleros –recuerdo una sudadera con un dibujo de Rambo II que me turnaba con mi hermano mayor, del que heredé durante años cualquier atuendo, y acabó borrándose el dibujo de tantos lavados–. 2 pantalones militares de El Rastro, un par de camisetas por verano y poquitas cosas más formaban nuestro fondo de armario.
Recuerdo una discusión con un grupo de chicas adolescentes que nos aseguraban que el estilo y la elegancia no tiene nada que ver con el dinero (incluso vi esa especie de frase bandera escrita alguna vez en las páginas del ¡Hola!) y, claro, nos cargaban de piedras, más piedras: por ser insumiso y no creer en el ejército, más piedras; por estudiar arte, más piedras, por tener amigos gays (no era la España de ahora, donde incluso parece estar bien visto) o por cada diferencia, una piedra más, hasta construir un muro alrededor. Si quedaba algún agujero por el que otear el horizonte, el miedo ponía una piedra más y lo tapaba: el paro, la falta de relaciones y el puro ostracismo son el fruto de todas esas piedras que desde pequeño la crueldad de la sociedad material nos carga, como esa metáfora que nos contaban en religión, en la que si pecas Dios te pone una piedra en el saco de las cuentas... Es que, según ellos, hasta Dios te carga de piedras si no eres lo que el resto espera.
Por no mencionar la injusticia del mundo laboral, donde nunca falta una mano temerosa que por defenderse del medio o ascender, o por su propia mediocridad, está dispuesta a apedrear al que tiene por debajo o a su lado mientras efectúa genuflexiones rítmicas al poder.
Cuando camino por la calle, en mi barrio Lavapiés –que tiene tantas piedras que parece una antigua trinchera–, no puedo dejar de preguntarme al ver lo que queda de algunas personas durmiendo en medio de la plaza, insensibles incluso al gentío que pasa a su lado, con cuántas piedras te cargó el destino, la sociedad y los que no apostaron nunca por ti para encontrarte rodeado de un muro del que no puedes salir, y que a veces incluso te niebla la mirada porque estás viviendo en el mundo de los muertos, de los apartados, de los que enterraron sus sueños con quién sabe cuántas personas más que no están para contarlo.
Cuántas almas estamos dispuestas a dilapidar porque son diferentes: por su religión, por su raza, por su manera de ver la sexualidad o cualquier faceta determinada por el destino. Nadie escoge el seno de la familia en la que nace, ni vivir en un país deprimido por la pobreza, o la esclavitud al que le somete el resto del los países supuestamente más desarrollados. Vale más la vida de un ser inocente, animal o persona que cualquier muro que levantemos, Las piedras que tiramos no dejan de ser verdaderos proyectiles contra nuestra inteligencia, nuestra capacidad de comprender y nuestro ser interior, que suele vivir escondido para mostrarse en contadas ocasiones.
Ojalá tengamos la fuerza de arremeter contra tanto cemento, tanta frontera, tanta bandera y tantos poderosos que nos separan. Ojalá podamos juntar todas las piedras con las que cargamos y construir un muro en el que grabemos con letras de oro la palabra libertad.
Quién esté libre de pecado...

2 comentarios:
Quiero tirar una piedra contra ese muro. Quiero romper poco a poco, piedra a piedra esa barrera que tienes a tu alrededor.
Quiero hacerlo a cambio de que hagas lo mismo con mi muro, ese muro repleto de piedras sin sentido que en noches de insomnio como la de hoy, analizo y no les encuentro sentido.
Piedras de incomprensión, muros de intolerancia, barreras de sentimientos, obstáculos para la convivencia.
¡Vamos a romper las barreras! que fácil es decirlo, que dificil hacerlo.
Bona nit
Christian, con tus palabras, con tus pasos, ... no dejas ni un segundo de derribar el Muro que Otros construyen. Me encanta,...
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