lunes, 23 de julio de 2007

Mano a Mano

Me vienen a despertar los recuerdos, desfilan por delante de mí los caminos que andamos, los de las sierras del sur, los de las playas de Huelva, los atardeceres con sabor a isla de verano, teñidos de rojo fuego y mar turquesa. Las canciones, los sueños de juventud... cuántos Dioses despertamos sin darnos cuenta...

Sólo con cerrar los ojos y escuchar tu voz puedo volver a ver la niña con la que aprendí a vivir, siempre cariñosa y siempre cerca. A veces, lo más próximo es lo que más lejos se antoja, y viceversa. Oradamos los caminos que el Destino o el Karma nos mostraban, no faltaron flores que embellecieron el paisaje. A mí, con el tiempo, todas se me acabaron deshaciendo entre las manos.
Primero fue lo imposible de la edad , siempre manejando números impares. Luego vino la distancia, los espacios muertos; después, el reconocimiento y, ahora, me pides que aguante sólo una vida, que es como un sueño... Lo de menos es lo fácil que me lo pusieron, lo de más es lo difícil que me lo suelo poner a mi mismo, por ignorancia ,por respeto, por amor o por dignidad, para no deshacerme buscando un paraíso en el que no quiero entrar solo.
Que se cierren todas las puertas y alzaré la copa con el brindis de cicuta, que hace mucho que la sociedad sólo me mata de miocardio y no por rebelde. Siguen doliendo las heridas, por mucho que crea que silenciaron del último saetazo, el órgano que me late a ritmo de tambor africano sigo vivo, y de esta constatación, aunque sea un lunes cabrón, también me alegro bastante.
La vida puede ser levantarse ante un cielo de verano abierto y sincero; meterte en el agua del mar desnudo y sonriente y con el sabor a sal en la boca; tumbarte a que el sol bese cada una de tus cicatrices... Al atardecer, pueden ser unos ojos en los que descansar la mirada y andar de la mano, tomar decisiones importantísimas que al siguiente segundo carecen de sentido y, cuando casi no te das cuenta, anochece, y lo más bello puede ser ver juntos como relucen las estrellas, teñidos de tiempo, después de haber roto miles de reglas y normas, todas las que pudimos.

Esto no es pintar la tristeza, es una forma de belleza tan antigua que me conmueve y siempre se llamó Amor.
Lo de menos es lo que pase. Incluso, si pierdo mi memoria, si pierdo mi pasado, si abandono a mi sombra de la que ya no sales ni tu, tengo la sensación de no estar solo, de mirar el espejo de Galadriel y ver al otro lado como te ríes de mi, mi angelito cansado. Querer en libertad es transcender los kilómetros y los años, es mellar la espada y olvidar el descanso. Ya no pacto con el diablo por amor, ni fuerzo al destino que suceda lo que quiero, que después solo encuentro espinas y pierdo las rosas del camino.
No te preocupes, que sigo escuchando como redoblan los tambores mientras bailo enloquecido, y sigo pensando que lo más bonito que me puede pasar, me está esperando siempre en la próxima esquina. Bebo toda la vida que puedo y no me acojono si tengo que partirme la boca o reconocer a quién quiero; me ha llevado muchos años hacerlo y tampoco me pienso amargar por algo que, en el fondo, siempre supe (mejor dicho: siempre supimos). Prefiero seguir andando mano a mano y esperar tranquilo lo que Samsara me traiga. En eso sí tienes razón; sólo es un sueño y pasa. Igual, al final, en el último naufragio, llego sin quererlo a mi playa y te encuentro; nunca se sabe dónde se esconde...

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