
Casi sin querer recuperar el ritmo y el pulso al que la vida somete a los desertores de la piratería, me encuentro de nuevo en la vorágine del café de media tarde, las cañas que engañan la cena y la copita de 'quédate un poquito más'.
Después de aborrecer durante muchos años el vivir en Madrid, creo que estoy llegando a un ten con ten; vamos, a una especie de amor-odio, como en las relaciones duraderas, en las que no sabes realmente si acabarás en la cama como un león o en la calle como un perro. Para saldar una vieja cuenta con mi ciudad y después de haber escrito hace años que Madrid es un efebo que se solaza en el sol que más calienta pero siempre cara al sol, quiero intentar biseccionar las multiples sensaciones que me produce esta ciudad para ver si consigo, de una vez, solucionar el dilema de esta falsa pasión que siento.
Madrid es el barrio de los Austrias, las calles empedradas, los antiguos palacios y el callejón de San Gines, antaño trampa mortal y actual chocolatada de la suerte en primero de año. La Plaza Mayor menguada por la terrazas antiguo aparcamiento municipal, caballerizas, plaza de castigo inquisitorial y cárcel de arresto temporal. El Lavapiés del Siglo de Oro tomado por los moros, las cigarreras y una fuente que ya no existe, pero le daba nombre a la calle y lustre a los vecinos. Es el sabor de capa y espada de una capital no tan lejana, en el que podías encontar a un monarca de fulanas, o a un fulano con un titulo de marqués recién comprado de tascas por la cava baja; acabar dumiendóla en los multiples calabozos subterráneos convertidos actualmente en bares, o con un palmo de acero partiéndote el pecho al amanecer de la Casa de Campo, por una deuda de honor en los mejores casos, o por una tontería desgraciadamente muy extendida en la hidalga España de la época. El madrid del 'Pichi, ese chulo que castiga'; del chotis muy agarradito y sobre una baldosa; de la Puerta de Alcalá 'con la falda almidoná' y los claveles reventones 'pegaos' al traje de madirleña ceñido y de buen culo por necesidad; de Don Hilarión paseando a una morena y una rubia -que no quiero ni imaginarme cómo serían-; de la berbena de San Antonio que, por ser la primera, no he de faltar y llevar los alfileres, como hacían las modistillas pidiéndole un novio al santo. De la paloma, de la sangre licuada de San Pantaleón, del atardecer del Jardín del Moro, Chueca rebosando besos de amor y lujuria, La Mancha los domingos cañas y música en buena compañía, de los huevos de Santa Clara para que no llueva el día de tu boda, y de ese castizo caballero que salía a la calle a desfacer entuertos y piropear a las gatitas que tan ariscas fueron siempre de amar y tan apasionadas de querer, que no es lo mismo.
Esa visión de Madrid, a medias entre lo histórico y lo novelesco, entre Galdós y el Rastro; entre los tambores del Retiro y la Gran Vía pintada por Antonio López, más real que la de verdad; entre las cañas del domingo en La Latina y El Prado abarrotado de americanas con tirantes y pantaloncitos cortos; entre la casa museo de Sorrolla, que es una joya impagable, y el convento de las Reales Descalzas, que más de un pié noble piso para expiar quién sabe que culpas en el albur de sus días. El de la ciudad abierta, que nadie es de aquí y todos somos de todas partes del mundo. Mi Madrid lleno, a rebosar, de esa luz maravillosa que lo impregna todo y que hace de la Villa y Corte un escenario colorista, costumbrista, crápula y lleno de vida.
El otro, el Madrid que detesto, el que me encuentro a diario, el de los atascos, las líneas de metro funcionando siempre de pena, el de los policías repartiendo hostias a diestro y siniestro por hacer botellón en la calle, el de Las Ventas -verguenza nacional y negocio de unos pocos-, el de la inmoral clase política dirigente, el de los cargos directivos supernumerarios, el de las zorras vestidas de pieles ancianas votantes del PP que en su momento se encargaron de poner orden en España y se les está escapando de las manos, el del arzobispado que nos denunciaba por tocar los tambores en la calle mientras el cabrón tiene un palacio en el centro, el de la especulación de la vivienda -"No vas a tener casa en tu puta vida"-. La Castellana y el barrio de Salamanca, no por rico sino por rancio y podrido; Sanchez Dragó que, con los años, ha perdido la cabeza y presenta telediarios, recibe continuamente premios y, desgraciadamente, hace mucho que dejó de ser el hippy que fue a buscar la vida y a sí mismo en el camino del corazón, para ser un burgués ilustrado y social; el de los nostálgicos dementes en la Plaza de Oriente cantándole a un dictador muerto por gracia de Dios y, en general, el de postín, cartón piedra de Cortilandia, siempre preocupado por ganar dinero y muy poco preocupado por recuperar la humanidad y el sabor que antaño me contó mi madre encontró al llegar a este país y a esta divina y oscura ciudad y cementerio viviente, que es el pedazo de la España en que nací.
No se si con esto saldo una deuda o la dejo pendiente.
Nota, en la foto mi corrector y maestro de la comunidad sentimental al que quiero por que todo lo pequeño que tiene de cuerpo lo tiene grande de corazón, sobrevolando Madrid

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