
Aveces la foto te está esperando solamente para que llegues, la tires y sigas tu camino. Al principio, siempre da corte sacar el camarón delante de los demás y es inevitable preguntar. Por la respuesta, sabes si tienes que hacerla rápida, porque la van a negar, o si tienes tiempo porque van a posar o les parece bien. Da lo mismo, si la ves, la tiras y sigues tu camino, o la pierdes. Seguramente, los momentos bellos son así: o los sientes o los pierdes, sin términos intermedios, sin segundas oportunidades.
La que he subido me encantó por lo tierno de la nena que no dejaba de jugar con el pato, dar pataditas y saludar a los que tenía cerca. A su lado, sentada, su madre, cansada, prestaba más atención a las estaciones que transcurrían en el metro de Madrid de un viernes a las 4 de la tarde. Yo hice lo propio y, al ver el resultado, esta mañana, casi sin querer, me pasaron bastantes ideas por la cabeza. No por que la foto sea excepcional, si no porque la niña lo es; lo bastante como para que me pregunte en qué momento perdimos la objetividad y separamos a las personas en razas, países, fronteras y banderas, y dejamos de ver simplemente lo que nos une para buscar separarnos. Hay algo mucho más grande que nuestras propias diferencias y, a veces, se puede encontrar en algo tan maravilloso y pequeño como la mirada de una nena que juega con un patito de goma.
Gracias

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