jueves, 16 de agosto de 2007

El Zen del mar

Fue una noche de verano de las de Los Caños de Meca, tan perfecta e irreal que te deja el alma a flor de piel y las neuronas, sanas, si es que queda alguna, te suplican que te atrincheres entre las dunas, seas de nuevo hombre azul, nómada, errante, y jamás regreses al metro, a las colas, a la callada por respuesta a la perdida.

El olor del mar, el cielo tan cercano que, para encender otro canuto, parece que, con levantar el brazo, puedes atrapar una estrella y hacerlo, rodeado de tambores rugiendo a la noche, mi Andalucía por los cuatro costados, tan mora, tan mágica, tan de fiesta, tan necesaria. Cuando perdamos Cádiz, enterrada en vertidos de barco, sólo nos quedará África para entender que hay algo por lo que merece la pena seguir construyendo armamento atómico. Habíamos escapado del tedio y del cansancio para acabar, tras perdernos, buscando otro garito en el universo insólito que sólo se da en la jaima; bailamos como sólo los niños saben hacerlo, sin vergüenza y felices; bebimos ron pirata, reímos y, no sin dificultad, acabamos bajando las escaleras que conducen al mar.
Hace creo que 20 años que te conozco y, salvo esa noche, nunca habíamos tenido una conversación real. Si lo pienso, siempre te vi lejana, tímida, bella y perfecta, pero estamos lo suficiente sufridos como para reconocernos con poco, y hay señales inequívocas que ya ni apetece esconder. El sufrimiento aúna tanto como la amistad y a los dos nos encontró el verano con el traje de superviviente en perfecto estado, ceniza en los bolsillos incluida. Algo la verdad me llamó muchísimo la atención, tanto que, al regreso, necesitaba escribirlo para no perderlo en mi olvido; algo que me contaste con acento andaluz en medio del ruido de la música, el redoble de los tambores y los gritos de los desfasados, sentados en la arena, apartados un poco del gentío. Me dijiste "mira qué bonito suena el mar; cuando golpean las olas, qué profundo y largo es el sonido. Muchas veces vamos a la playa a pasar el día y reparemos en todo menos en eso: en el bikini, la arena, el periódico, las cañas, la crema, la merdellona que grita llamando a la comida y la 'mierdalascartas' que siempre se olvidan, y pasas un montón de horas sin escuchar el sonido del mar, reduciéndolo a ruido de fondo".
Cuando practicaba Zen, me enseñaron que, en la meditación, para acallar la mente, para detener la máquina y no quedarse enganchado en los continuos pensamientos que nos atrapan, tienes que concentrarte en tu postura corporal, en la respiración, y dejar que el resto fluya como una nube pasajera, como si tuvieras un mando a distancia y pudieras cambiar de canal continuamente, sin quedarte colgado en ningún pensamiento, para así estar más cerca del yo, del que observa al que piensa.
Esa forma de espiritualidad tan de Oriente en el que, para estar más cerca de nuestra esencia o Dios, a diferencia que del resto de actividades humanas, no tenemos que hacer nada más que sentarnos y respirar, es la que me llevo, junto con lo que me contaste, a entender que también hay una forma maravillosa a nuestro alcance que nos facilita eso: el sonido del mar mientras rompen las olas, tan tántrico y profundo que invita a sentarse enfrente, respirar y dejar de pensar, por un instante, por unos días, por un momento real.
Cuántas veces no escuché tu voz, Poseidón perdido entre el sonido de las sirenas...
Fue una noche preciosa y una bonita enseñanza. Practicaré el Zen del mar.

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